lunes, 6 de junio de 2011

El poeta

El escritor es solitario,
solitario y a veces amargo,
amargo, preso en su desgracia,
desgracia que la vida le ha dado.

Es por eso que sus versos
nos llenan de emoción,
pues escribe cosas reales,
reales de nuestra generación.

Después, a lo largo del tiempo
se vuelven a repetir, y
es por eso que nunca
se dejan de sentir así.





Hoy me siento poeta
y quisiera relatar
algunos versos que a veces
dejo sin anotar.

Pero es pobre mi poesía
y no podré recordar,
nada de lo que en silencio
recito siempre sin más.

María Rubira Martínez



lunes, 16 de mayo de 2011

Musas

Necesito una noche a solas con mis musas. Una de esas noches en las que no puedes dormir aunque quieras; simplemente no te dejan. Cuando apagas la luz y te vuelves en la cama, te asalta una idea y tienes que levantarte y anotarla en tu cuaderno, o en un papel suelto. No puedes evitarlo, necesitas hacerlo si no quieres volverte loco.

No ha habido muchas, o no las he sabido aprovechar. Pero las he conocido, y por eso las echo de menos... a veces. Porque no puedes "necesitar" algo que no conoces... ¿o sí? Ya empiezo a divagar otra vez.



Puede que esa idea que te asalta sea el comienzo de algo, o no. Pero si no te levantas y escribes, a la mañana siguiente sentirás la impotencia de intentar recordarlo y no conseguirlo. Ya te ha pasado otras veces.





martes, 3 de mayo de 2011

Haikus

Una nocturna,
interminable lluvia;
viejo insomnio.


Escrita está
en papeles sueltos
su propia vida.


Ya en la ocuridad
sueña y se imagina:
crea historias.


J.Rubira

miércoles, 13 de abril de 2011

Yo voy soñando caminos

Recupero un proyecto que realicé hace algo más de un año. Se trataba de contar una historia usando fotografías. Yo escogí este poema de Machado e intenté narrarlo con una serie de fotografías. No sé si lo conseguí o no. En cualquier caso, aquí os dejo el poema y las dos "versiones fotográficas" que hice.

Yo voy soñando caminos
de la tarde. ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas!…
¿Adónde el camino irá?
Yo voy cantando, viajero
a lo largo del sendero…
-la tarde cayendo está-.
“En el corazón tenía
la espina de una pasión;
logré arrancármela un día:
“ya no siento el corazón”.

Y todo el campo un momento
se queda, mudo y sombrío,
meditando. Suena el viento
en los álamos del río.

La tarde más se oscurece;
y el camino que serpea
y débilmente blanquea
se enturbia y desaparece.

Mi cantar vuelve a plañir:
“Aguda espina dorada,
quién te pudiera sentir
en el corazón clavada”.

Antonio Machado 

Azar?

Hace una semana, me desperté con esta canción en mi cabeza. No sé la razón; no la había escuchado recientemente. El caso es que estuve todo el día recuperando temas del grupo, de los discos que hay en Spotify. Al día siguiente, me llegó un correo diciendo que había ganado unas entradas para el concierto de Luar na lubre. Hoy he decidido recurrir a mi archivo de música del disco duro externo para buscar la canción, que no está en Spotify.



Da que pensar. Así son las cosas del azar... ¿no?

lunes, 14 de marzo de 2011

Elegía para un velefiqueño

La última vez que te ví nos peleamos. No recuerdo el motivo ni las palabras exactas; sólo se que me regañaste, seguramente con motivo. Y este es el único mal recuerdo que tengo de nuestra relación. Seguramente hubo varios momentos más, pero se han borrado de mi memoria.

Sin embargo, no acabamos peleados. Hubo una reconciliación telefónica antes de separarnos. Recuerdo que M. hablaba contigo y yo rondaba por allí temeroso y algo asustado. Pensaba: "Seguramente le está contando lo que hice y ahora me echará la bronca". Entonces ella me dijo algo así como "ven, ponte, que quiere hablar contigo". Yo no quería ponerme al teléfono y acerté a preguntar ¿por qué?. "Ponte, que te quiere decir una cosa." Estuve reacio poco tiempo más y finalmente me armé de valor y me puse al aparato entonando un débil hola. "¡Hola amigo! ¿Cuándo vas a venir para que nos peleemos otra vez?", dijiste en tono amable. Yo sonreí. No recuerdo nada más de la corta conversación que siguió, pero estas palabras no las olvidaré jamás. Al terminar ella me preguntó qué me habías dicho y yo escurrí el bulto con alguna mentira. En ese momento comprendí que no te habías chivado de nuestro incidente. Y este fué el último momento que viví contigo. Poco después desapareciste.
 

Es muy posible que este último recuerdo haya condicionado los posteriores. Quizá te haya idealizado,  aunque no sólo por esto, por supuesto. El caso es que si miro hacia atrás, me parece que los momentos más felices de aquella época son los que viví contigo.


Tus visitas inesperadas, improvisadas. Cada vez que veía el autobús pararse delante del bar sabía que esa noche tocaba escuchar un cuento; las historias, siempre las historias. Y cómo vivías los relatos que contabas. Todavía hoy recuerdo vagamente algunos retazos de "Juan sin miedo", que luego encontré en una antología en una versión distinta. Claro, tú hacías una versión libre, mucho mejor. O aquella adivinanza que decía: "cuarenta haces de perros, veinte perros cada haz, veinte uñas cada perro..."; mi primer problema matemático.
También me enseñaste a leer y a contar antes de empezar el cole. Y, lo más importante; no sólo me mostraste el mundo de las historias a través de la tradición oral, sino que además me enseñaste a amar los libros.

Aún recuerdo aquel verano en que dejé de gastarme el dinero que me dabas para sobres de muñequitos y empecé a comprarme mis primeras novelas; los pequeños libros de bolsillo de la Editorial Bruguerra, a 80 o 90 pesetas. Te debo todo lo que soy ahora. Sin la literatura no sería nadie, no sería nada; aunque quizá no lo sea.

Me acuerdo de cómo sembraste la semilla en mi cabeza. Estábamos en la planta sótano de Simago mirando libros. A. y yo hojeábamos cuentos y tebeos y tú dijiste algo así como: "Ya tenéis que ir dejando los cuentos y empezar a leer libros de verdad, como éste". Yo me acerqué y mi comentario fue "pero ¡si no tiene dibujos!". Discutimos brevemente sobre la cuestión, y finalmente concediste que podrían contener alguna ilustración. En aquel momento no me dí cuenta, pero ese fue el comienzo de todo. Es fácil verlo ahora; todo es más fácil a posteriori.


Recuerdo también como imitaba tus gestos: la manera de coger dos trocitos de pan cuando comías o la manía de llevar gorra incluso dentro de casa (lo que me costó varias burlas de P.) Al final, se convirtió en algo instintivo; simplemente me olvidaba quitármela incluso para comer. ¿Sería porque te admiraba?