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jueves, 6 de junio de 2013

Una amiga me dijo en cierta ocasión que yo tardaría en encontrar pareja, si es que llegaba a hacerlo. Y la razón que dio es porque soy "demasiado inteligente"; tanto que impongo, asusto.

Sinceramente, no me considero inteligente; ni siquiera listo o espabilado. Antes al contrario. Simplemente, tengo memoria, y acumulo datos en mi cabeza. Una miscelánea de notas y referencias, inservibles en su mayoría. He leído tanto...

Y a esto dedico mi vida los últimos año; a destrozar mi cabeza a base de alcohol. A veces creo que lo estoy consiguiendo, pero nada más lejos de la realidad. Pues mi memoria se resiste, se retuerce, se defiende como gato panza arriba.

Si pudiera borrar mis recuerdos selectivamente...

Y es que duele no recordar; no sabéis cúanto. Casi tanto como estar solo... sentir esta soledad.


viernes, 23 de diciembre de 2011

El cisne y la grulla

Estoy sólo en una esquina de la barra del pub. El local está casi vacío; sólo otros dos clientes al otro lado mantienen una conversación por encima de la música. Con un par de servilletas, y mi poco arte para el origami, he improvisado lo que podrían ser un cisne y una pequeña grulla. Es lo único que se me ha ocurrido para no pensar en lo que no quiero pensar. Los coloco al lado de la copa y bebo.
La camarera, una morenaza de ojos oscuros, lleva tiempo observándome; atusándose nerviosamente el pelo, mirándome de reojo mientras se contonea a son la música, cruzando miradas en el reflejo del expositor de bebidas mientras se retoca los labios,... Ahora se acerca.
- Que bonito. ¿Qué son?
- Este es un proyecto de cisne, y este otro un proyecto de grulla. Con el papel adecuado se verían mejor, supongo.
 Ella sonríe
- Seguro que sí. ¿Podrías enseñame? Siempre he querido hacer estas cosas.



De repente, una chica entra tambaleándose en el pub. Se nota a la legua que está borrachísima. Su pelo castaño alborotado, ojos vidriosos, su mirada perdida,... Se acerca a la barra y comienza a hablar con la camarera; se conocen, son amigas. Yo también la conozco, de vista, de otras veces. De la conversación que mantienen deduzco que el novio la ha dejado y está ahogando las penas en alcohol. No se lo reprocho; quién esté libre de pecado, que tire la primera piedra.
Ahora, se gira y nota mi presencia. Tras cuchichear con la camarera, ésta se va a prepararle una copa mientras ella se acerca. Me pregunta por los origami y yo intento inventarme una historia, que nada más terminar de contar, me parece estúpida; supongo que para hacerla reír y animarla un poco. Que si el cisne blanco representa al elegante príncipe azul, mientras que la grulla es la pobre cenicienta... No tengo éxito en mi objetivo; por el contrario, ella se pone seria y me pregunta si creo en los cuentos de hadas. Parece realmente interesada en el tema y en mi opinión. La camarera deja una copa para ella y se aleja para darnos algo de intimidad, supongo. Antes de alejarse, dirige a su amiga una mirada que no logro interpretar.



Después de un rato de conversación sobre príncipes y princesitas, los cuentos no pueden ocultar los verdaderos sentimientos y las intenciones de ella. Así que antes de que se me vaya de las manos, y para no hacerle perder el tiempo, digo:
- No puedo ayudarte a olvidar a quienquiera que sea que quieres olvidar. Además, mañana te darías cuenta de que has cometido un error, y yo no quiero formar parte de ese error. 
- Que considerado por tu parte,- ironiza ella con una sonrisa amarga que no oculta su decepción.
- Me gustaría poder decirte que lo hago por tu bien, pero la verdad es que lo hago por el mío; luego no podría olvidarte.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Insomnio

"Tengo demasiado insomnio, no son los ruidos los que me impiden dormir, es otra cosa, ¿qué es?"


Por aquel entonces ya no dormía bien y todas mis noches eran largas. Unos decían que estaba enamorado; otros pensaban que era la presión del trabajo; otros no pensaban ni decían nada, ni siquiera les importaba. Lo único cierto es que la literatura y la música no eran suficiente esta vez. En otras ocasiones bastaba con tomar un buen libro o un buen disco (o  sintonizar un buen programa de radio, que a esas horas los hay) y el tiempo hacía el resto. Un rato de lectura, un poco de jazz, y los párpados empezaban a pesar.
 
Pero en aquella época la única manera de olvidarme de todo, de todos, y poder dormir a pierna suelta era el alcohol. Era algo efímero, pero merecía la pena por un 'momento' de tranquilidad absoluta. 

¿Merecía la pena? ¿Mereció la pena?